Hay una tendencia en la ciencia ficción que especula sobre el encuentro con especies alienígenas. El viaje interestelar abre la posibilidad de adentrarse en el espacio profundo, para visitar otros mundos y comunicarse con otros seres inteligentes. A menudo son historias de aventura, intriga y esperanza, pues se concibe el éxito de la misión como el final de un camino que podría suponer, o no, una avance en el progreso histórico de la humanidad. A menudo la frustración tras el fracaso, nos arroja al abismo de la incomunicación y la soledad.
La otredad, parecen decirnos autores como Lem o Clarke, es incognoscible, tal vez porque somos seres limitados no solo en lo científico, también en lo social y en lo moral, tal vez porque la otredad es un miedo y una desconfianza que llevamos dentro, una especie de muro interior dentro del cual nos sentimos seguros al lado de aquellos seres que hablan, piensan y sienten de un modo parecido al nuestro.
No es extraño, pues, que desde hace unas décadas y a través, principalmente, del cine, el alienígena se haya convertido, en el imaginario colectivo, en una especie de dragón, un ser irracional que se alimenta de nuestra carne y destruye con su fuego nuestra civilización. Desde Alien, de Ridley Scott, hasta Nop, de Jordan Peele, han proliferado las amenazas de otros mundos, seres más o menos inteligentes, más o menos violentos, que vienen a nuestro mundo a invadir, cazar, devorar o aniquilar. Hoy en día, estar al otro lado del muro, te convierte en una amenaza. Toda comunicación, todo encuentro, queda descartado.
Lo opuesto a esta mirada, tan conveniente a las estructuras de poder actuales, lo encontramos en la novela de Olaf Stapledon, Hacedor de estrellas. El protagonista emprende un viaje incorpóreo a través del espacio, desde la campiña inglesa hasta los confines del cosmos y del tiempo, moviéndose entre galaxias y universos, entre el pasado y el futuro remotos, para encontrarse, al final, cara a cara con el Hacedor de estrellas en el momento de la creación. El punto de partida no es la necesidad de un encuentro en beneficio del progreso histórico, sino una mirada introspectiva hacia la propia vida y la existencia del ser humano, propiciada por una crisis social, moral y política que aboca el mundo al abismo de la violencia.
La obra fue publicada en 1937 en Inglaterra, y en el prefacio, el autor entona un alegato antifascista y anticapitalista, para luego defender su opción como escritor, situada entre quienes le dan la espalda a los problemas sociales y quienes se lanzan a la lucha produciendo propaganda política. Su intención, afirma, es “servir a esa misma causa tratando de mantener, junto con una humana lealtad, un espíritu más desapasionado”, con el fin de intentar comprender “la vida del hombre como un todo en relación con el resto de cosas”. Si quienes profesaban alguna religión, ante la barbarie nazi y la descomunal matanza en la medianoche del sigo, se preguntaban cómo podía dios tolerar tales horrores, Stapledon se pregunta, algunos años antes, cómo puede la humanidad llegar a tales extremos, y qué sentido tiene la sencilla vida de un viejo matrimonio inglés ante los huracanes de la historia.
El acierto, claro, está en la pregunta. Una pregunta sin respuesta posible permite al escritor elaborar una descripción detallada del cosmos a través del tiempo, un cosmos repleto de vida, seres de inteligencia diversa, de condiciones diversas, más o menos parecidos al ser humano terrestre, sujetos a dos fuerzas incontrovertibles: la naturaleza y la historia. Todas las civilizaciones, de una forma u otra, sufren destinos parecidos, entre la barbarie y la utopía, entre la guerra y la convivencia, entre la destrucción y la supervivencia. En la encrucijada se encuentra, tal vez, el destello de un atisbo de respuesta a la pregunta primera. No existe un dios demiurgo que rige nuestro destino, pero tampoco podemos cargar con la culpa, como individuos, de un destino compartido por tantas y tantas especies.
El otro acierto de Stapledon está en el protagonista. A su habilidad de viajar espiritualmente, le añade la de introducirse en los cuerpos de los habitantes de los planetas visitados. En cada uno de ellos encuentra compañeros de viaje que se suman a su conciencia para acompañarlo. El viajero no es un individuo, sino un colectivo, capaz de llegar más lejos y de profundizar todavía más en el conocimiento del cosmos. De esta manera, cumple con su objetivo de “servir a esa misma causa”, no desde el marxismo militante (no lo era), pero sí desde un socialismo humanista comprometido con su tiempo y con el espíritu humano, en sus debilidades y sus fortalezas. Este compromiso sigue siendo necesario en la actualidad, cuando la humanidad y el plantea vuelven a escuchar los ecos de los desastres del pasado.