Dice Stephen King, que una novela surge de articular dos ideas aparentemente no relacionadas. Posiblemente, la ciencia ficción sea el género más adecuado a esa premisa. A veces, la primera idea es una pregunta, y la segunda surge de encontrar una respuesta con la libertad propia de los géneros no miméticos. Hacerse una pregunta relevante y encontrar el mecanismo que permita elaborar una respuesta lúcida y clarificadora, ese sería el camino a seguir.
Parentesco, la novela de Octavia Butler publicada en 1979, plantea una pregunta clara y directa, que solo puede ser respondida de una manera: ¿qué pasaría si una mujer negra, descendiente de esclavas, se viera obligada a relacionarse con su antepasado esclavista? La forma de responder es tan obvia que no hace falta ninguna explicación racional.
Dana, la protagonista, simplemente desaparece de su casa en California, en 1976, y aparece a principios del siglo XIX, justo en el momento en el que Rufus, hijo del dueño de una plantación en el sur de Estados Unidos, se encuentra en peligro de muerte. Al salvarle, se establece un vínculo que durará hasta que una de sus esclavas, Alice, dé a luz al siguiente eslabón del árbol genealógico de Dana, fruto de una de las múltiples violaciones a las que Rufus la somete.
El mecanismo es tan misteriosos como simple, no requiere esfuerzo alguno para el lector o lectora: Dana desaparece cuando Rufus está en peligro, vuelve a casa cuando ella misma se encuentra en peligro de muerte. Ese ir y venir, siempre inesperado, sirve a la autora para estructurar la novela, elevando la tensión dramática hasta un punto crítico, para crear un golpe de efecto que nos catapulta hacia un nuevo episodio. El manejo de estos elementos, estructura, ritmo y tensión dramática, convierten Parentesco en una novela de aventuras trepidante.
Pero la fuerza de la novela estriba en la complejidad de la relación entre Dana y Rufus. Dana es una mujer de nuestra época, casada con un hombre blanco, enfrentada a la esclavitud, pues es el único recurso para sobrevivir en esa época, su única circunstancia. Sentimos con ella, sufrimos con ella, nos indignamos con ella. Pero su cometido es salvar al esclavista, por eso establece con él una relación ambigua, una confianza que evoluciona a lo largo de los encuentros. Ella intenta manejarle, intenta educarle, intenta utilizarle para sobrevivir, pero Rufus es un hijo de su época. Esa confianza entre ambos es como sentarse sobre nitroglicerina, cualquier vibración puede hacerla estallar.
El estallido traslada a Dana de vuelta a su casa, esa es su ventaja. Es una mujer de 1976 en una situación de peligro pasajera. Ella misma es consciente de su diferencia con Alice y las demás esclavas, con quienes mantiene relaciones también ambiguas, pues ya desde el principio, por su modo de hablar, por la relación con Rufus y su padre, la consideran una negra blanca.
La contradicción atraviesa al personaje hasta el final, nos atraviesa al leer la novela. No es solo un retrato sangrante de la esclavitud, pues hace especial hincapié en dos cuestiones: la especial opresión de las mujeres esclavas, usadas para trabajar, violadas, sus hijos vendidos como esclavos antes de llegar a la edad adulta; el carácter cruel y retorcido de los esclavistas, deshumanizados, degenerados, corrompidos por un sistema que ponía a su disposición la posibilidad y la facilidad para satisfacer sus instintos más bajos.
Leída hoy, aquí, en la Europa de 2025, la novela tal vez podría sugerirnos otro título: La distancia. Dana cruza en un segundo la distancia que la separa del pasado esclavista, su mundo desaparece y se encuentra a merced de unos peligros que solo conoce por los libros de historia. Nunca podría haber imaginado tener que hacer frente a semejante situación. Esa distancia es también la distancia que nos separa del pueblo palestino, de las deportaciones masivas en Estados Unidos, de las muertes violentas en las fronteras europeas, de la esclavitud moderna, en Libia o en las minas de coltán en Congo.
Personalmente, me gustaría entender la novela, con este nuevo título inventado, como una invitación: a la empatía, al conocimiento, a la comprensión, y a encontrar nuevas formas de acortar esa distancia, no a la fuerza, como Dana, sino a través de la acción, una acción resuelta y transformadora. Dana no puede cambiar el pasado, pero nuestro futuro, todavía no está escrito.