8 de abril de 2025

Bienvenido Mr. Alien

En 1953, una especie alienígena llegó a la tierra, cubrió el cielo de las principales ciudades del mundo con enormes platillos volantes e impuso su ley mediante una superioridad tecnológica abrumadora para la humanidad. Ocurrió en las páginas de El fin de la infancia, la novela del aclamado escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke. En la actualidad, las especies alienígenas son vistas como dragones, bestias de naturaleza salvaje, tan desconocidas como letales. También pueden ser entes informes, capaces de poseer nuestra voluntad y nuestro cuerpo, o diminutos, propagándose como una enfermedad. Siempre una amenaza, siempre letales.

La analogía no puede pasarnos desapercibida. Los alienígenas se hacinan en nuestras fronteras, nos atacan por tierra, mar y aire, quieren devastar nuestros recursos, nuestra civilización, sustituirnos, reemplazarnos hasta convertir nuestra sociedad en algo ajeno a nuestra naturaleza, al contrario que la suya, tan humana. En 1953, sin embargo, coleando la posguerra mundial, con la oleada de personas desplazadas por la conflagración, la creación del estado de Israel o la consolidación los dos bloques enfrentados en la nueva guerra fría, la idea del británico escritor, y científico, era otra.

Los invasores de la celebrada novela, utilizan su benévola superioridad, casi sin mancharse las manos pues no se muestran a los humanos hasta 50 años después de empezar a intervenir en sus asuntos, para pacificar el mundo, disolver las fronteras, eliminar la crueldad con los animales y llevar la civilización a un cénit de progreso, igualdad y justicia. Solo algunas sectas religiosas muestran su desacuerdo con semejante injerencia, pues una de las consecuencias previsibles es un creciente descreimiento. Aquí, la analogía podría costarnos algo más de ver, por eso el propio Clarke la verbaliza en un pasaje de la novela. Los alienígenas actúan con el mundo como los británicos en la India. Llevan la civilización y el progreso a una nación atrasada que no puede más que sentir gratitud.

Resultaría hasta risible si no nos encontráramos arrastrados por una espiral neo imperialista, con Trump y Putin repartiéndose Ucránia y acusando a Zelensky de ser el indígena inculto e incapaz, que “juega con la tercera guerra mundial.” Pero no hay que alarmarse, mi propósito no es censurar al autor (cancelar, dirían ahora quienes gustan de renombrar lo viejo para hacernos creer que han descubierto algo nuevo), ni su maravillosa novela. Resaltar la mentalidad del autor (compartida seguramente por la mayoría en su país en esa época) no implica definir la novela como pro-imperialista.

Tampoco late la pulsión utópica en el interior de la novela, aunque pueda parecerlo. La imposición de un mundo perfecto, globalizado y pacificado, por una especie superior, es la antesala de un enfrentamiento con nuestro más allá, no el inframundo de la muerte ni el paraíso de las religiones, sino el cosmos infinito cuya dimensión y entendimiento excede las capacidades humanas. Nuestra relación con semejante inmensidad nos empequeñece, empequeñece aún más nuestras ambiciones, nuestros conflictos, los convierte en un juego de niños fatuo y banal.

Tal vez fuera esa la intención de Clarke, ponernos cara a cara con el infinito para cuestionar el camino emprendido por el progreso tecnológico después de la Segunda Guerra Mundial. La ciencia había dominado la fuerza del átomo, puesta al servicio de la guerra y la destrucción. Haría falta una fuerza y una inteligencia mucho mayores para llevarnos por el camino de la paz. No van sobrados, precisamente, de ambas cosas, nuestros líderes actuales.

Unos años antes, en 1937, Olaf Stapledon ya nos advertía, con la novela Hacedor de estrellas, de ese futuro que para El fin de la infancia fue pasado. Quizá deberíamos asumir nuestra insignificancia ante el universo, para así vernos como iguales, simples motas de polvo suspendidas en el infinito, incapaces de comprender lo esencial: solo nos tenemos las unas a las otras. Quizá deberíamos empezar a escuchar a quienes nos advierten de nuestra soberbia y nuestra ignorancia, porque no hay inteligencia superior a la que encomendarse, solo algunos destellos de lucidez y bondad, ante la estulticia avariciosa de quienes dirigen el mundo.