16 de marzo de 2025

Hijos de los hombres y la melancolía

Hijos de los hombres es una película de 2006 dirigida por Alfonso Cuarón. Empieza con el asesinato del ser humano más joven del planeta, un chico de dieciocho años, para adentrarnos en una distopía política y alertarnos sobre algunos peligros de la sociedad contemporánea. Dieciocho años sin nacer un solo bebé en el mundo. Gran Bretaña es uno de los únicos enclaves que se mantienen en pie. Llegan refugiados de todos los países y continentes. Encerrados, perseguidos, hacinados en un viejo pueblo costero convertido en campo de concentración, una cárcel gigante, una imagen espectral de Gaza, o de lo que fue en su día el gueto de Varsovia.

Pero el elemento esencial de la historia es la infertilidad de la especie, alegoría de la pérdida de toda esperanza. Nadie sabe cual es la causa, nadie tiene una solución, solo se atisba una desaparición inevitable acompañada de todo tipo de violencias. Theo, un antiguo activista revolucionario desencantado, será reclutado para proteger a una joven refugiada, que se ha quedado embarazada. Juntos emprenderán un viaje, de tintes mesiánicos, hacia un fantasmagórico laboratorio flotante, donde un grupo de científicos intenta descubrir la forma de revertir la situación.

Perseguido por quienes quieren sacar provecho del primer embarazo en dieciocho años, Theo se oculta con Kee en casa de unos viejos amigos. Jasper Palmer, interpretado por Michael Cane, es un caricaturista político retirado. Janice, su esposa, fotógrafa de guerra, se encuentra en estado catatónico como consecuencia de las torturas recibidas a manos del ejército. Los dos viven en una cabaña en el bosque, apartados de la sociedad, rodeados de recuerdos y de objetos obsoletos.

La vida de Jasper y Janice representa una tentación para tiempos oscuros como los actuales. Darle la espalda al mundo, rodearse de libros, música, arte, fotografías y artilugios en desuso, los restos de un pasado mejor, mientras todo se desmorona. Para ello hay que tener recursos. Sentido del humor, el primero, la capacidad de reírse de uno mismo. Es una imagen tranquilizadora y a la vez triste, la imagen de un hombre nadando en su impotencia.

Hay otro personaje al que Theo recurre en busca de ayuda, Nigel, imagen inversa de Jasper. Como miembro del gobierno se dedica a rescatar, de los museos del mundo, las principales obras de la historia del arte. Se sienta con su familia en un comedor, cuya pared está ocupada, de lado a lado, por el Guernica de Picasso. En el recibidor, los restos brutalizados del David de Miguel Ángel.

Cuando Theo le pregunta a Nigel por qué se preocupa por salvar el arte universal, si dentro de cien años no habrá nadie para admirarlo, él responde: “simplemente, no lo pienso”. Curiosamente, el burócrata estatal y el artista “progre” mantienen la misma actitud, encerrarse en su espacio privado rodeados de una cultura en vías de extinción.

Las diferencias son dos. Nigel se rodea de la cultura de la élite, Jasper de la cultura popular. Nigel no piensa en ello, Jasper, detrás de sus chanzas y su despreocupación, no deja de pensarlo. Nigel no cae en la melancolía, utiliza los recursos del estado para salvar lo que puede. Es una forma de no dejar de ser lo que es, un miembro de la élite. Jasper, sin embargo, vive una renuncia. Solo él es capaz de un último acto de rebelión, apelando a su yo del pasado, al percibir la esperanza en el cuerpo de Kee.

El viaje termina entre la niebla, lo viejo muere y lo nuevo empieza a vivir. Miramos hacia atrás porque la incertidumbre no nos deja distinguir nada, más allá de nuestros pasos. En el siglo XXI, las novelas, como la izquierda, solo pueden ser melancólicas, crónicas de una pérdida irrenunciable. Pero si no quieren convertirse en una vía de escape para la élite, hará falta un acto de rebelión, aunque sea pequeño. No basta con escribir, hay que hacerlo para el futuro. No basta con el espíritu crítico, hay que recuperar de las cenizas del pasado, la chispa capaz de encender un nuevo fuego.