El futuro no está escrito, es una obviedad. Sin embargo, el mundo está lleno de profetas, cuyos discursos, tan banales como grandilocuentes, solo pretenden retenernos en el presente. Hay que confiar en la tecnología, en los mercados, en las valores de la democracia liberal, hasta comulgar con el rearme bélico para defenderlos. Si no lo hacemos, el futuro será una distopía, peor, el apocalipsis. El pasado, por su parte, está lleno de errores, de experimentos fallidos, de barbarie, nada se puede sacar de él.
Pero en el presente no hay literatura. Un texto literario se constituye a partir del pasado, donde reside su materia prima, y se escribe para ser leído en el futuro, siempre para ser leído. El simple hecho de escribir/leer es ya una defensa de todo aquello que está en riesgo.
Lo que está en riesgo es el vínculo, el punto de encuentro entre lo que pudo haber sido y nuestros sueños para el mañana.
La intención de este espacio, que he decidido llamar Lejos de Marte como una declaración de principios, contra el escapismo de multimillonarios deshumanizados, es reflexionar sobre la ficción especulativa y de ciencia ficción, especialmente aquella que asume el compromiso de escribir para el futuro.
En realidad, todo escritor, o escritora, escribe para el futuro, pero hay quien asume el reto de confrontar con los profetas del presente, un presente que se hace añicos por sí mismo, que se hace añicos bajo la tutela de quienes solo ven en el futuro la catástrofe que ellos mismos están sembrando.
Escribir para el futuro es rescatar del pasado, la chispa que iluminará nuestros sueños. La única catástrofe es que todo siga igual.