Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin, empieza con un acto de violencia. Nos introduce así en la historia de una utopía atravesada por la ambigüedad y la imperfección. La gran dama de la ciencia ficción abrió, en 1974, la puerta a una tradición todavía por consolidar. Francisco Martorell, en su libro Soñar de otro modo, hablará de utopía desacralizada, planteando la necesidad de huir de los ideales de superación de las obras clásicas del género.
Atendiendo a la diversidad humana, cultural, religiosa, de genero, de raza, y tantos otros elementos que nos convierten en seres complejos, “simios averiados” dirá Jorge Riechmann, una sociedad perfecta no lo puede ser para todo el mundo. La harmonía deseada, en un contexto de igualdad y libertad, solo puede lograrse mediante el sacrificio totalitario de lo sobrante, lo que no encaja en ese ideal. El kibutz israelí podría considerarse la encarnación grotesca de semejante planteamiento. Por eso, en la era de las distopías, no se trata tanto de producir utopías en el sentido tradicional, como de introducir la pulsión utópica a la hora de abordar el relato de un presente que parece querer devorarse a sí mismo.
Más allá de Concordia, novela corta de Lola Robles, sigue la estela de Le Guin, pero no empieza con un acto de violencia sino con un acto de hospitalidad: la llegada, al planeta Concordia, de Irina, Ismail y Kadar, tres personas refugiadas del planeta Mirguissa, que huyen de unas rígidas costumbres patriarcales para forjar su verdadero yo. Con una prosa fluida y elegante, de una belleza cristalina, la autora va tejiendo una sutil trama donde lo personal y lo político, lo referido a la identidad y lo social, se entrecruza para tejer dilemas relevantes sobre nuestra propia condición.
Lola Robles no se detiene a contarnos las estructuras sociopolíticas de Concordia, el planeta donde medio millón de terrícolas consiguieron construir una sociedad libre, justa e igualitaria. Lo que le interesa, o lo que yo considero interesante, es el proceso de transformación íntimo y personal de las tres personas refugiadas, y de quienes las acogen. Es un proceso lleno de contradicciones en ambas direcciones.
Mercurio, quien abre su casa como gesto de generosidad iniciático, no puede evitar rechazar el modo de pensar y comportarse de las recién llegadas, pues choca con los ideales de la nueva sociedad a la que pertenece. Aunque aborrezcamos aspectos de nuestra cultura hasta el punto de desprendernos de ellos, no significa que rechacemos nuestra cultura en su totalidad. De ahí la hostilidad de Mercurio, basada en unas diferencias imposibles de asumir para él. Sus huéspedes también se enfrentan a las mismas reticencias. La actitud de Mercurio, a su pesar, perpetúa el miedo a la “otredad” y a la diferencia, síntoma de una debilidad capaz de romper en mil pedazos el sentido último de su proyecto utópico.
Odri, ciudadana de Concordia, sufre una aguda melancolía por haber sido testigo de las atrocidades cometidas durante la guerra civil en el planeta Funchal, al que acudió, en misión diplomática, como mediadora entre las partes. El sufrimiento de Odri plantea un dilema fundamental: ¿es posible disfrutar de una vida de bienestar y libertad, en una sociedad justa e igualitaria, mientras otras gentes, otros planetas, o naciones, sufren los horrores de la opresión, la desigualdad y la guerra?
La novela de Robles nos estimula para reflexionar sobre estas cuestiones, que atañen no tanto al carácter utópico de Concordia, como a su carácter inconcluso, no a la utopía en sí, sino al proceso que supone dejarse llevar por la pulsión utópica hacia un territorio desconocido, no exento de peligros y reveses. Esta reflexión va mucho más allá de las convulsiones violentas asociadas a los sucesos revolucionarios, y se adentra en un terreno tan resbaladizo como el de nuestro futuro.