¿Y la vieja utopía? preguntamos. ¿Como afrontar el mundo que viene cuando los proyectos políticos emancipatorios de siempre se han integrado, están a la defensiva o reducidos a la marginalidad? Tantos relatos, tantas imágenes verdaderas como falsas colonizando tiempo y miradas. Advierte el novelista Jonathan Franzen ante la ingente cantidad de información a la que tenemos acceso a través de las redes sociales, que el arduo proceso de documentación llevado a cabo para escribir una novela ha perdido gran parte de su sentido. El viejo realismo ha quedado en entredicho. ¿O no?
La propuesta de Antonio Orihuela abre una puerta audaz y sorprendente. Su novela transcurre en una isla inventada, metáfora de un mundo encerrado en sí mismo cuyo único lugar a salvo de las garras del poder es nuestra dignidad y nuestra convicción. Con una fuerza lírica muy apegada a lo material y corpóreo, a las cosas, los animales y las personas, narra una huida que es a su vez un descubrimiento. La utopía no es en el futuro, sino aquí y ahora. Consiste precisamente en recuperar el sentido perdido, reconquistarlo, emprender un viaje hacia el secreto fondo de las cosas, fin inalcanzable como la utopía que nos empuja a caminar, pero también a abandonar aquellos objetivos que nos impone el capitalismo y nos apartan del camino: el éxito, el dinero fácil, el poder.
No podemos huir del mundo ni podemos mantenernos al margen indefinidamente, pero podemos reconocer (y reconocernos) la fuerza transformadora de los viejos valores: el respeto, la amistad, el apoyo mutuo, el encuentro con el otro y con la naturaleza. En cada uno de ellos hay una renuncia necesaria para reconvertir el futuro que ya nos ha superado en un presente tolerable y humano.