11 de junio de 2026

Fahrenheit 451 y el misterio que arde en los libros

En 1953, Ray Bradbury publica Fahrenheit 451, una novela distópica situada más allá de 2022. La guerra se ha banalizado, igual que la política. El rugido y las explosiones de los combates aéreos se ha convertido en un sonido de fondo habitual durante la noche, tan lejano que no altera la rutina cotidiana, las discusiones políticas se centran en el aspecto físico de los candidatos a las elecciones, y los bomberos se dedican a quemar libros en lugar de apagar fuegos.

Ya no se escriben ni se publican libros, y los viejos ejemplares, ilegalizada su lectura, se esconden en las casas de quienes todavía recuerdan el pasado o de quienes no se resignan a una vida sin alicientes, vacía de toda la belleza que habita en las viejas historias.

En los comedores y salones, enormes pantallas, una por pared, sustituyen estanterías, cuadros o cualquier otro ajuar. Los presentadores de los programas que se emiten, interactúan con los espectadores, preguntan y responden, les llaman por su nombre, convirtiéndose en miembros apreciados de la familia.

Es una vida sencilla y sin contradicciones, incuestionable. Los libros, sin embargo, incomodan, son contradictorios, llenan la cabeza de dudas, de preguntas sin respuesta, de incertidumbre e inconformismo. Quien lee libros es infeliz.

El bombero Montag, protagonista de la novela, se pregunta por qué los propietarios protegen sus libros con tanto fervor, llegando incluso a inmolarse en la pira. Algo deben tener si quienes los poseen están dispuestos a arder con ellos. Por eso se decide a esconder él mismo algunos ejemplares, sustraídos durante sus misiones como bombero. Quiere saber, quiere entender, quiere descubrir el misterio que ocultan.

¿Qué misterio ocultan los libros? Qué misterio oculta Fahrenheit 451? Esta novela, posiblemente la más conocida de su autor, desvela nuestro pasado y, al hacerlo, desvela también el presente y el futuro, en ambas direcciones.

A menudo vivimos pensando en nuestra época como el colofón de una serie de cambios históricos, sociales, políticos o tecnológicos. Nuestra época es única, con sus antecedentes, sí, pero marcada por una idiosincracia que determinará su desarrollo posterior. Cuando alcanzamos cierta edad, empezamos a sentir una desconexión con las nuevas generaciones, creemos no entender las tendencias estéticas, las formas de comportarse, de expresarse, de vivir.

La mayoría de novelistas intentarán narrar o reflejar en sus historias ese particular espíritu de época, o lo harán incluso sin intentarlo. La mayoría de ensayos intentarán analizar, problematizar, estructurar o definir ese mismo espíritu, inventando nuevas maneras de nombrar: posmodernidad, modernidad líquida, antropoceno, capitaloceno… Tal vez caigamos en la melancolía, tal vez jovenes intelectuales nos alerten del peligro de esa melancolía pues el pasado añorado nunca existió.

Pero un día leemos la novela de un viejo poeta de la ciencia ficción, y descubrimos que hace 75 años, el mundo era mucho más parecido a nuestra propia época de lo que nos pensábamos. Porque Fahrenheit 451 tiene una pequeña parte de adivinación, de especulación si queréis, pero constituye, en realidad, como toda gran novela, un retrato lúcido del mundo tal y como lo veía su autor, de las corrientes de fondo que definían las tendencias de su momento y que siguen fluyendo bajo nuestros pies.

No importa que sus pantallas sean gigantes y en la actualidad minúsculas, nuestra atención y nuestro tiempo han sido secuestrados de la misma manera. No importa que en el presente se sigan publicando y leyendo libros. La banalización, la mentira, la simplificación en extremo, se han impuesto de la misma manera a través de la generalización de otros medios de comunicación de masas. No importa que la era de la carrera armamentística entre bloques posterior a la segunda guerra mundial haya quedado lejos, la guerra sigue siendo una realidad constante que no altera la vida cotidiana de la mayoría de la gente.

Pero igual que en la novela de Bradbury, escrita en 1953, hoy también hay gente que se revela, que resiste, que se interroga sobre los conflictos del mundo, sobre su complejidad. Por eso entre los sectores más jóvenes se encuentra el mayor porcentaje de lectores y lectoras, según las últimas encuestas.

Ese es el misterio que encuentra el bombero Montag escondido en los libros, un fuego más ardiente, más poderoso, una verdad que ilumina el camino y lo aleja del conformismo en el cual vivía. Leer Fahrenheit 451 y darnos cuenta de que no ha envejecido, de que nos interpela directamente, no es motivo de desánimo, sino todo lo contrario. Mientras sigan existiendo, a lo largo de los siglos, grandes poetas que llenen el mundo de belleza y lucidez, seguiremos revelándonos y seguiremos resistiendo.